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viernes, 11 de septiembre de 2015

(11) Meteorito del cielo y bosquimanos en la tierra

De Tsumeb salimos en dirección a la reserva Nyae Nyae para encontrarnos con los bosquimanos. Notamos un cambio en el paisaje, que empieza a ser un poco más verde, con algunos cultivos y aparecen granjas. 



Antes, hicimos una parada para conocer el meteorito más grande del mundo en Hoba. Según parece, impactó hace 80.000 años y es el mayor trozo de hierro de origen natural que se ha descubierto sobre la superficie de la tierra.


Pesa unas 60 toneladas, aunque en origen eran 66, pero fueron arrancando trozos hasta que tuvo protección. Un 84% de su composición es hierro.


Fue descubierto en el año 1920 y ahora es un reclamo turístico. Parece ser que no provocó un gran cráter  porque lo frenó la atmósfera terretre. Lo mantienen en un recinto bien diseñado con un jardín agradable.



Poco después, paramos en una pequeña ciudad, Grootfontain, para hacer la compra.  Íbamos a estar cuatro días fuera de rutas relevantes y Lucky necesitaba llenar su almacén para alimentarnos.


Nosotros aprovechamos para dar una vuelta aunque, aparte del propio supermercado, donde nos aprovisionamos de agua para el Delta del Okavango, no fuimos capaces de encontrar un sitio decente para tomar café. 



Estuvimos un rato observando los numerosos puestos que había por las calles, muy sencillos y casi rudimentarios pero tampoco vimos  miseria. En el libro de Theroux que comentamos al principio de este blog (El último tren a la zona verde) habla de esta anodina ciudad  y el autor se entrevista con una mujer blanca que había nacido en Grootfontain, intrigado por cómo se vive en un sitio como este.



Nos sorprendió observar como regaban algunas pequeñas zonas verdes. Ya teníamos mentalidad de habitantes del desierto y nos causaba extrañeza que se dilapidara.


La compra fue voluminosa, éramos muchas bocas que alimentar y en los próximos días, ya en Bostwana, dejaríamos el camión.


Así que todos echamos una mano por aquello de colaborar y de paso no eternizarnos. Después, una tiradita de tres horas en el bus hasta la reserva, por un camino arenoso en bastante mal estado. De entrada, el lugar no nos gustó. Era un cámping privado malamente mantenido, gestionado por un chico que debía ser holandés y qe no tenía ningún interés en hacer las cosas medianamente bien. Las tiendas tenían cremalleras que no cerraban, los baños eran rudimentarios y el sitio bastante inhóspito, lleno de arena casi como si fuera una duna y bajo árboles que no daban sombra. Pero claro, lo de siempre, no hay otra opción que adaptarse.

 

Este era el comedor, única zona común de la que podíamos disfrutar. La zona de acampada se encuentra dentro de la reserva y pertenece a los bosquimanos, que reciben ingresos por su gestión.  Después de comer (como siempre, o sea, bien) tocó pasar la tarde con los bosquimanos en los que sería un encuentro muy interesante pese al intenso calor .


Estos cuatro bosquimanos, vestidos a la usanza tradicional (ahora ya van normalmente con pantalones y camisetas, y esta es la indumentaria tradicional para mostrarse ante los guiris) aparecieron en el campamento acompañados por uno de ellos más occidentalizado que hablaba inglés. Como es conocido, son algo más bajos que nosotros y muy menudos, con unos rasgos muy característicos.  En Namibia quedan solo unos 30.000 bosquimanos, herederos de los antiguos hombres de los bosques y se dice que son genéticamente similares a los primeros humanos que abandonaron África y colonizaron el resto del mundo.


Una de sus características más curiosas y que observamos inmediatamente es que se comunican incorporando al habla una serie de chasquidos muy peculiares, rasgo que comparten con otros pueblos que se denominan genéricamente joisan. Por otro lado, eran unos conversadores incansables: no pararon de hablar entre ellos en todo el tiempo.


Nos fuimos por el campo y en el recorrido, que duró unas horas, nos fueron mostrando su modo tradicional de vida, hoy en día casi desaparecido, basado en la caza y la recolección. Llevaban lanzas, arco y flechas, cuya fabricación nos explicaron. También nos contaron como obtienen veneno de las plantas para untar las flechas y garantizar que animal herido es presa segura. Una jirafa tarda tres días en morir y un kudu un día, según dijeron.


Nos descubrieron plantas de las que obtienen frutos y cómo las localizan, qué árboles dan madera apta para determinados cometidos, o qué arbustos les resultaban útiles para curar ciertas dolencias. Toda una lección. En la foto superior, el guía está en el centro de espaldas a la cámara.


Otra de sus interesantes demostraciones fue enseñarnos cómo consiguen fuego con unas ramas y paja. Tardaron un rato pero funciona, como en las pelis de indios, y lo obtuvieron frotando dos palos, pero no dos cualquiera sino de determinada madera. En el de la base hacen un pequeño agujero y a frotar con ritmo y dando ánimos con cánticos rituales.


Son habilidosos y con algún esfuerzo consiguieron hacer fuego.


Insistieron en que probáramos y alguno aceptó.... sin demasiada suerte.


En la imagen superior, Juanma con una lanza en posición de revista. Abajo, todos siguiendo una curiosísima demostración. Prepararon de la nada una trampa para cazar gallinas de guinea. Se fabricaron un trozo de cuerda deshilachando con un palo unas hierbas largas, que luego trenzaron. Luego buscaron una rama de arbustro flexible, la doblaron, ataron la cuerda y en la base hicieron un cuadradito con ella poniendo palos en las esquinas.


En el interior, unas bayas recién cogidas que atraen a estos animales. Finalmente, uno de ellos transmutó una de sus manos en una gallina y el invento funcionó perfectamente. Tuvimos claro que si necesitáramos hacerlo nosotros para comer nos moríamos de hambre.La demostración incluyó más cosas y fue un master de bosquimanía en toda regla.


Tras la excursión, visitamos su poblado, casi pegado a la zona de acampada.




Fue una experiencia agridulce y la culpa, como con los himbas, la tuvieron los niños. Se nos caía el alma a los pies viendo como vivían en unas chozas prácticamente vacías y sin medio alguno. Y sobre todo, qué cantidad de niños, docenas y docenas.Los había de cierta edad, ya independientes y que no paraban de jugar y de mirarnos.



No aparece en las fotografías, pero había uno con el vientre tremendamente hinchado, en lo que parecía una hernia.


Otros, bebés, colgaban de las espaldas o del pecho de su madres, sin duda muy jóvenes aunque prematuramente envejecidas.




A veces los llevaban sus hermanas de ocho o diez años. 




Había niños para todas, a pesar de que, por otro lado, el guía nos dijo que los niños estaban escolarizados y estaban por la semana en un pueblo a unos 11 quilómetros.




Alguna duda nos suscitó verlos a todos allí, un día normal. 


Las mujeres, con niños y todo, dedicaron un buen rato a jugar a pasarse un fruto amarillo con forma de pelota haciendo movimientos envolventes alrededor de la que la llevaba, para pasársela con movimientos estudiados a otra, que volvía a hacer lo mismo. Mientras, cantaban. El truco consistía en evitar que viniera un varón y se la quitara. 



No se cansaban de repetirlo.




Nosotros, sentados en un árbol que hacía de banco o deambulando por el poblado, ejercíamos de espectadores. Daba la impresión de que actuaban para visitantes con frecuencia y nuestra presencia no les llamaba la atención.



Solo por el aspecto, por las toses de algunos niños, por las dentaduras y por el aspecto general del poblado, parecía evidente que si disponen de sanidad, es muy primaria.




Esta  mujer  delgadísima nos enseñó a sus pequeños muy orgullosa.


A punto de anochecer empezó una función en la que solo estuvimos presentes un rato ya que podía durar horas y horas, nos dijeron.


Un chamán inició el lento proceso de curación de un enfermo. El chamán, de pie, con el torso desnudo, se movía muy lentamente con un ritmo repetitivo frente a las mujeras, que cantaban y hacían ruido con una especie de castañuelas de piedra. 


Después empezó a tocar al enfermo, a subirle la chaqueta y darle friegas con la espalda y el cuello una y otra vez poniéndole encima un ungüento. Ellas no paraban de cantar y chocar las piedras en su semicírculo. El guían nos dijo que podían estar así gran parte de la noche, por lo que decidimos irnos.



Hasta no hace mucho, los bosquimanos era un pueblo de cazadores y recolectores, que subsistía con ese sistema tan poco seguro. No llegaron siquiera a la etapa de ganaderos y agricultores, que siempe da más seguridad y supone un avance. Actualmente, disponen de subsidios del Gobierno en forma de alimentos y algo obtienen también de los turistas a los que venden artesanía. Por tanto, como pueblo está perdiendo sus costumbres, pero tampoco parece que se integren, por lo que su futuro  no parece halagüeño....

 

Nos fuimos un tanto confusos y casi con mala conciencia comprobando en directo como (mal) vive gente con los mismos derechos que nosotros y cuyo único pecado ha sido nacer en el sitio equivocado. En la foto anterior a la derecha hay una niña de camiseta roja que calza unas enormes chanclas. Era un diablillo y nos hizo reír de lo lindo porque aunque se movía con dificultad por la arena, defendía sus chanclas a capa y espada, gritando si era necesario aunque, por supuesto, no eran de ella. También levantaba los brazos al ritmo de la música.



Por la noche, de regreso, cenábamos con calma cuando empezaron los truenos y los relámpagos. Al poco comenzó a llover con fuerza, lo que nos obligó a cerrar las ventanas de las tiendas. Refrescó algo el ambiente y un grupo seguimos un buen rato de cháchara mientras corría el amarula una vez más.

(10) Etosha, el reino de los animales


A la carrera, llegamos a Etosha sobre las cinco y media de la tarde tras el affaire relatado en el capítulo anterior con las furgonas.


Como cerraba a las siete, hicimos una primera incursión para tener una idea de lo que ofrece este gigantesco parque nacional cuyo nombre significa "todo blanco".



En este ratito poco pudimos hacer, pero localizamos una familia de leones, tranquilotes, descansando junto a una charca. Consecuencia, docenas o cientos de animales invisibles que estarían no muy lejos esperando que el más famoso de los predadores se alejara para poder beber. Ellos no parecían tener ninguna prisa.


Con rapidez,sin embargo, la noche se nos vino encima y pusimos rumbo al  lodge.


Se trataba del Andersson's, igualmente de la cadena Wilderness. Las cabañas estaban bien, por supuesto, pero hacía mucho calor y no era recomendable abrir el portón de la terraza por la cantidad de bichos que había por allí.



Especialmente en el baño, aislado del exterior en parte solo por una tela metálica. Debido a ello, teníamos de todo allí dentro, incluido una especie de saltamontes gigante con el que Ana intentó, pero no pudo, cohabitar mientras se duchaba. El gecko instalado en la pared en cambio no le preocupaba ya que ni se movió. El plato de ducha era en realidad una tinaja metálica. Bastante original al servicio del diseño.




Lo más despampanante de este logde, ubicado en una reserva privada, era la charca, estratégicamente situada a unos cien metros de la terraza-comedor con cómodos sillones estratégicamente ubicados para pasarte allí el tiempo muerto cómodamente sentados viendo a los animales aunque las fotos, al ser de noche, no reflejan lo extraordinario de la situación.


La charca estaba iluminada, por lo que antes de cenar ya vimos a varios rinocerontes acercarse. Además, dispone de un pasadizo que te lleva bajo tierra a una especie de zulo con una  ventana a ras de suelo desde la que tienes la charca a unos diez metros. Casi le tocabas la punta al cuerno del rinoceronte. Mientras cenábamos, Lucky se reía de nosotros, por el hecho de que interrumpiéramos la cena para ver a una jirafa acercarse a beber... La idea de charca y mirador es magnífica, por lo que la estancia en el Andersson's la tenemos muy presente todos los viajeros. Y la comida y el servicio, bien. Está situado muy cerca de una de las entradas al parque nacional.

El día siguiente lo pasamos íntegro en el parque  en una especie de fiesta de animales. Vimos de todo, cebras...


más leones....



Jirafas de todos los pelajes, un bicho elegante y altivo que no te cansas de admirar.


Elefantes-elefantes, nada que ver con los del desierto, con una envergadura mucho mayor.


Al mediodía hicimos el alto habitual para comer en una zona vallada dentro del parque. Este islote cuenta con todos los servicios, incluido un lodge para viajeros que no quieren perder tiempo pernoctando fuera. Mientras comíamos, amenazó tormenta, el cielo se cubrió y llovió un poco. No fue gran cosa. La novedad fue una banda de bichos que parecían ardillas grises y empezaron a recorrer la zona donde estábamos, metiéndose en los contenedores de basura y por todos los sitios. 



Paulo cerró la puerta del bus ya que podían meterse dentro. Se movían de forma nerviosa, casi histérica.  
En la foto siguiente, Alfonso, que por la noche celebraría su cumpleaños, en compañía improvisada de un rino y una jirafa, luciendo la camiseta que le habíamos regalado para la ocasión.


Después proseguimos nuestra andanza por esta feria de la naturaleza.


Nos encaminamos al Pan, un salar enorme que ocupa el centro del parque. De acuerdo con la información que facilitó Paulo, se extiende por unos 4.700 kilometros cuadrados, algo más que la totalidad de la provincia de Pontevedra. Se puede apreciar bien en el mapa siguiente.


Es una visión extraña, como si estuvieras en otro planeta, viendo este terreno blanco y plano hasta donde alcanza la vista y al que los animales no se acercan porque no tienen nada que comer ni beber y pueden ser descubiertos fácilmente. Aprovechamos para hacer una foto saltarina, que la verdad es que quedó simpática  con Ana, Alfonso, Paulo y Juanma de protagonistas.


Y después, a seguir el chute de animales, con las jirafas despertando nuestra admiración.



En una charca comprobamos las dificultades que tiene para beber dadas las dimensiones de su cuello. Sabe que en ese momento resulta vulnerable y se lo piensa mucho. 


Llega cuando ve que no hay moros en la costa (animales que puedan causarle daño), mira y remira, vuelve a mirar, y cuando está segura abre las piernas delanteras y baja la cabeza. Sorbe agua y se levanta. Y luego repite la operación que se alarga hasta una hora o más.


En este caso concreto contamos una decena de veces las que bebió, hasta que sació su sed y se marchó tranquilamente con los impalas en manada a su lado.
Por la tarde hicimos una parada en una zona vallada con servicios, donde había información del parque, una de las joyas de Namibia.





Dadas su dimensiones, recorrimos solo una pequeña parte de la zona sur. Al día siguiente volvimos a atravesarlo para salir por el este en dirección a Botswana, pero con alguna parada previa muy interesante. Aparte de animales más vistosos, también vimos otros menos cotizados, como esta hiena o varios facoceros.




Volvimos al lodge y por la noche, mientras cenábamos (carne de orix, un poco seca, parecida al pollo), disfrutamos de lo lindo con la charca. El espectáculo fue superior ya que una jirafa mantuvo un tira y afloja con dos rinocerontes, que se relevaron para impedirle beber. Pero la jirafita, pertinaz ella, aguantó hasta que se marcharon y pudo al fin saciar su sed. Nosotros pasamos la mitad de la cena levantándonos para seguir el pulso, que fue plano, sin amago de violencia, casi de dibujos animados.


Aprovechamos la ocasión para brindar por el cumple de Alfonso, que se había hecho con unas botellitas de vino espumoso que no estaba mal, y cantarle el happy birthday obligándole después a soltar un speech en gallego, cosa que no le costó nada acostumbrado como está a bregarse en los estrados. 
Al día siguiente madrugamos (desayuno a las 6, con todo listo para salir,) y estuvo muy bien: frutas variadas (papaya, kiwi), pan de molde casero, etcétera, a fin atravesar Etosha para salir por su extremo derecho. En principio no era día de animales, solo de recorrido para llegar a la siguiente parada.



Pero el día era luminoso y los animales estaban como de fiesta y provocaron numerosas detenciones para observarlos. Fue casí un atracón de cebras, kudus, jirafas, elefantes...




Estas cebras esperaban pacientemente con el resto de las especies a que un puñetero león se tomara  su tiempo para beber en una charca de la que debía ser el concesionario.


 
Saben que mientras esté allí es suya, y la disfruta. A su alrededor, nadie, por supuesto, solo un montón de animales viendo la escena a unos cientos de metros, como mínimo.



Después, bien bebido, a relajarse en las inmediaciones, con lo que mantuvo el bloqueo del bebedero.


Por las inmediaciones apareció un leopardo, sin duda a la búsqueda de presa y caminando con sigilo. Era el primero que veíamos después del Kalahari. Finalmente se quedó confundido con el terreno en las ramas de un árbol.


Después paramos junto a otra charca que parecía el camarote de los hermanos Marx. Allí se dio cita todo bicho viviente, como estos kudus e impalas de la foto inferior en manada. Los kudus, un tipo de antílopes, bastante grandes, aparecen caminando juntos, super erguidos y con paso parsimonioso moviendo rítmicamente sus imponentes y retorcidos cuernos. Eso los machos, porque las hembras no tienen.



Se acercó igualmente un enorme grupo de cebras.






La mayoría de los animales cazables bebían con rapidez, pero siempre había alguno oteando el horizonte, de guardia, vamos.



Disfrutamos de lo lindo con el espectáculo hasta que decidimos seguir viaje tras comprobar como esta hiena bebía dentro de la charca y un facocero (jabalí) verrugoso se daba un baño en las inmediaciones.

El punto de destino era Tsumeb, donde recalamos en el Minen hotel, un sitio agradable en el centro de la ciudad. Como era pronto, hubo quien aprovechó para darse un bañito en la piscina.


La ciudad tiene unos 20.000 habitantes, fundada en 1905 y cuyo motivo de existir es la minería (cobre). De hecho, en pleno centro de la ciudad se encuentra una antigua explotación hoy cerrada, pues, entre otras cosas, había sido sustituída por otra nueva situada a unos quilómetros. 


Nos pareció una ciudad ordenada, limpia, con tiendas atractivas, aunque cerradas, la primera así desde Luderitz y Swakopmund, con un enorme jardín de planta cuadrangular en la plaza central, donación de las Naciones Unidas.


Nos llamó la atención que en la puerta de cada cajero automático había un vigilante jurado, y muchas casas con concertinas en las vallas, alambradas electrificadas y cosas de este tipo. El vigilante del hotel nos dijo al salir que no nos alejáramos del centro. No era nuestra intención, pero estuvimos en grupo en todo momento y  no observamos nada raro .



Era domingo, y por tanto nos quedamos con las ganas de ver el museo de la minería. Mientras paseábamos, vimos salir de un local a un grupo de mujeres. Salían enfervorizadas y cantaban un tanto excitadas. Pensamos que salían de un oficio religioso. Les preguntamos y, sorpresa, era la sede del Swapo, el partido del gobierno, donde habían asistido a un mitín. Nos informaron que en noviembre se iban a celebrar elecciones en el país.


Cenamos temprano en la terraza del hotel, un menú con cuatro opciones, quizás demasiadas para nosotros. El jefe y Paulo fracasaron sucesivamente a la hora de ordenar la comanda. Hicieran lo que hicieran, siempre salía un plato menos que el número de comensales. Al final, uno de los viajeros sacó papel, bolígrafo y fue anotando uno a uno... y vuelta a faltar un comensal. Repasó la lista y lo aclaró cuando ya el jefe (que hablaba en alemán con Paulo) estaba a punto de perder la paciencia.