miércoles, 23 de septiembre de 2015

(4) Los dos primeros "grandes" en el Kalahari, la "tierra que tiene sed".

A las 5,30 estábamos citados para desayunar, por lo que el amanecer nos sorprendió en plena faena.  

 

Antes, todos pasamos por el baño, con mayor urgencia aquellos a los que el aviso de que alguna hiena podría acercarse al campamento durante la vigilia los mantuvo recluídos en sus tiendas. Disponíamos de colchonetas y sobre ellas extendimos nuestros sacos de dormir. Campismo de aquella manera, ya que Lucky y Thembi se encargaban de la intendencia, montaje y desmontaje de tiendas incluido, aunque desde el principio procuramos echarles una mano. Y el desayuno, con tostadas, cereales, café o té, huevos, beicon y salchichas...

 

Llegamos al Kalahari con ilusión por encontrarnos con alguno de los cinco grandes que son el león, el leopardo, el elefante, el búfalo y el rinoceronte. Antes de entrar en el parque nacional, cuyo nombre significa tierra que tiene sed, hubo que tramitar el permiso en una oficina fronteriza conjunta de Sudáfrica y Botswana, ya que ocupa territorio de ambos países.




Desde el camión, con las amplias ventanas bajadas, empezamos a divisar animales en directo. Es una impresión excitante verlos tan cerca pero en su medio natural. Como alguien comentó, es como en un zoo, pero a la inversa porque ahora los enjaulados éramos nosotros. Realmente fue una sorpresa esta sensación, ya que no la esperábamos. 
 


Los primeros orix nos impactaron por su belleza, envergadura y aspecto inofensivo, casi de dibujos animados. Nos cansaríamos de verlos. También vimos numerosas avestruces y algún chacal.




Varios grupos de ñus.


Son unos bichos muy espectaculares.


Pasado un rato llegó el premio de la jornada y uno de los momentos más espectaculares del viaje. Paulo se había pasado los dos días anteriores repitiendo que no garantizaba que viéramos animales, y mucho menos los más esquivos, caso de felinos y leones. Se curaba en salud, pero los compañeros del grupo que habían hecho viajes similares (caso de Manel y Rosa, que lo repetían 15 años después) daban fe de sus palabras.



En esas estábamos cuando Inmanuel, nuestro avispado chófer, frenó de golpe. Era la señal de que teníamos un animal a la vista, pero por mucho que mirábamos nada veíamos. Pronto supimos que había creído ver un leopardo en un árbol, algo milagroso dado que sus piel lo mimetiza, pero era cierto. Y a los pocos minutos el felino se bajó y empezó a caminar por la cumbre de la ladera situada junto a la carretera pongamos que a unos 150 metros. Silencio expectante en el grupo. Empezaban 45 minutos que justifican un viaje.

 


Nuestro mutismo fue en aumento cuando percibimos que los animales que estaban entre el bus y el leopardo, principalmente los orix, se ponían en guardia. Casi en formación militar en dirección al felino le advertían que estaban dispuestos a defenderse.

 


Empezaron a pasar los minutos mientras el leopardo seguía caminando con parsimonia y algunos springbok le seguían de lejos, aparentemente más atemorizados que los orix, pero ninguno optó por intentar escapar a la carrera. Saben que es la forma de señalarse como presas.
 


Por instantes perdíamos de vista al bicho tras algún arbusto o roca, pero reaparecía al momento. El camión en ocasiones arrancaba para estar siempre frente a él. Pronto nos dimos cuenta que había un bebedero cerca y que allí se dirigía. Como si de una coreografía se tratara, los orix iban girando sus cuerpos para tenerlo siempre a la vista. La expectación entre nosotros era máxima y sólo se oían los clicks de las cámaras.


Por fin, el leopardo dejó claro que se dirigía a beber, pero con gran calma. Tenía de los nervios a los demás animales, pero no parecía importarle. Se sabía importante y presumía de ello.



El guión llegaba a su fin. El leopardo bebió hasta hartarse mientras orix y springbok lo observaban. Quedó claro que no iba a intentar cazar y acabada la operación se alejó con calma. Por su tripa abultada dió la impresión de que estaba bien comido y simplemente buscaba hidratarse. Estábamos extenuados tras seguir con detalle la operación y nos imaginamos como estarían los orix y compañía que habían tenido el peligro cerca. Por lo demás, comprendimos que en pocos minutos nuestro viaje había dado un giro. Empezaba la fiesta.
Al mediodía hicimos un alto para comer en el interior del parque en una zona preparada, con baños y un tejadillo para protegernos del sol, pero en absoluto vallada. 

 


Por ello, Paulo insistió en que no nos alejáramos. No es previsible que los animales se acerquen al ver y sobre todo oír a los humanos, pero hay que tener cuidado. A un centenar de metros del recinto está reconstruida una caseta de pioneros afrikáners en plan museo mini: tiene mobiliario y puedes hacerte una idea de como vivían hace 150 años o así. Desde luego, en condiciones poco cómodas.



El del leopardo fue el momento estrella del día. De tarde hubo pocas novedades, pero estábamos satisfechos ya que es frecuente volver a casa tras un viaje de este tipo sin verlo. 
 


Finalizada la jornada nos instalamos en un campsite, una especie de cámping muy cerca de la entrada del parque, al que volveríamos al día siguiente. Como había mucha arena,  colocamos dos tiendas en el área pavimentada junto a cada baño. En medio de África, tomamos pescado (congelado) con arroz y patatas, y fruta. Durante la cena hizo frío, propio del desierto, mientras por el día la temperatura se desata. 



El día siguiente también se dedicó al Kalahari donde estábamos en el momento de la apertura, a las siete de la mañana. Vimos animales de otro tipo. Antes, el desayuno tuvo un toque british con beans (alubias) añadidas al huevo frito y las salchichas, al margen de todo lo demás. Un artista Lucky.

 


Es el caso de los drongos de la foto superior (pájaros que imitan el ruido del águila, lo que lleva a los suricatos a salir corriendo y así los caza) o del búho de la inferior, toda fue una atracción. Estaba en las ramas de un árbol seco del sitio donde comimos y no se movió de allí mientras el grupo y otros visitantes se hartaban de hacerle fotos. 





Vimos también gatos salvajes, avestruces, chacales de espalda negra así como el steenbok, más pequeño que el springbok y sin defensa alguna. Por ello se protege enterrando sus heces para que no lo detecten sus depredadores. Por lo demás, el día también nos deparó sorpresas relevantes tras una larga espera en la que empezaba a cundir el desánimo. La principal, este león macho, al que localizamos durmiendo junto a la pista por la que circulábamos, al ladito de una pequeña charca.




En dos ocasiones levantó su cabezota de melena negra y nos miró displicente, atraído quizás por nuestros susurros emocionados en el interior del camión. Poco después se levantó y, ya sin mirarnos, hizo un paseíllo de unos cientos de metros en paralelo a nosotros que nos permitió observarle detenidamente mientras el camión lo seguía marcha atrás. Un lujazo. 



Con su andar pausado y majestuoso, uno entiende por qué cuando uno de estos grandes se desplaza, el entorno se congela, y el resto de los animales quedan como petrificados al acecho de sus movimientos. Te los imaginas contrayendo los músculos, aguzando su vista y su oído, experimentando el miedo. Es indudable que el rey ejerce como tal.



El otro premio fue localizar una familia de guepardos, cinco nada menos, también cerca de la pista. Estaban tumbados de forma perezosa a la sombra de un árbol pero enseguida se pusieron en movimiento y pudimos seguirlos un ratito. 



Una figura grácil y esbelta la del felino más rápido del mundo. 


 
Puede superar los 100 kilómetros por hora de velocidad en carreras de hasta 500 metros, por lo que las gacelas, sus principales víctimas, lo temen. 



Nosotros solo los vimos pasear lentamente con una cadencia de paso elegante y casi musical, como si estuvieran en una especie de pasarela de moda, hasta que desaparecieron tras una colina.
Al salir, hicimos una pequeña parada en el centro de servicios del parque, en el que había un panel para que la gente colocara en un mapa los animales que había visto ese mismo día. Orgullosos, fuimos los primeros en ubicar el león. Habíamos avistado dos de los grandes en el primer día de safari...



Finalizada la jornada y los avistamientos nos encaminamos al Molopo Lodge, donde nos instalamos en cabañas de lo más decente.



Con baño en la habitación y terracita, no estaban mal, aunque en días posteriores conoceríamos lodges mucho mejores.



Tenía piscina, jardines y unas instalaciones centrales llenas de arte africano y trofeos de animales en paredes y suelos (alfombras).

 


No disfrutamos de su cocina ya que Lucky se encargó de la cena. En jornadas posteriores no sería así. De esta forma descansaba nuestro cocinero y nosotros comíamos cosas novedosas. Hubo tiempo para el relajo e incluso para intentar utilizar la wifi del lodge, que fue un (casi) completo fiasco. Solo Ana logró conectarse ante las miradas de sorpresa del resto del grupo. Aunque  apagara su teléfono era imposible acceder a la red.  Un personal poco amable declinó dar facilidades aunque ofrecimos pagar. Nos ignoraron.



Alfonso y Ana se entretuvieron un poco jugando con un ajedrez gigante, ubicado en el jardín.

lunes, 21 de septiembre de 2015

(5) En el Fish River Canyon, primer día en Namibia

Los madrugones son consustanciales a los viajes donde es obligado adaptarse al horario solar: levantarse cuando amanece, sobre las seis, (casi siempre antes, para estar operativos al salir el sol)  y acostarse ya de noche, pero pronto, entre las nueve y media y las diez. Así funcionamos desde el principio y así siguió como tónica general. 

 

El miércoles día 9, al cumplirse la primera semana, el desayuno fue a las 6,30 y de inmediato salimos para Rietfontain, la frontera con Namibia, situada a 70 kilómetros. En estas imágenes, las oficinas de la parte sudafricana.




Los trámites fueron los habituales pero pronto se iban a producir cambios sustanciales que ya se aprecian en la siguiente foto en la que se ve también a Lucky y Themby con sus móviles.
 

Paramos en la primera ciudad namibia para hacer compra general en un supermercado que estaba perfectamente abastecido al modo europeo. Nosotros aprovechamos para tomar un café en un local muy al estilo americano que, sorprendentemente, tenía wifi y en el que nos atendió una camarera de ojos verdes muy simpática realmente espectacular (sorry, no photo). El guía ya nos advirtió de que los namibios son muy abiertos y simpáticos y que lo normal es que nos saludaran desde la calle con las manos al paso del camión, como hicieron en muchas ocasiones.

 

Pero el cambio fundamental no fue otro que pasar del asfalto a la pista de tierra, ripio puro y duro que dirían los argentinos (salud, Gustavo). Lo que en ese momento nos pareció una novedad iba a ser la tónica, salvo honrosas y contadas excepciones, a partir de entonces.

 

La pista, además, fue bajando su nivel de calidad y estrechándose al atravesar paisajes cada vez más desérticos en los que no se advertía casi presencia humana pese a que en un primer momento hubo plantaciones de vid y palmerales, pero a lo largo del viaje nunca nos ofrecieron vino namibio. También vimos a lo lejos nuestra primera jirafa, la primera de otras muchas, pero que provocó expectación.



Tras dar no pocos tumbos, llegamos al que iba a ser uno de los albergues más sorprendentes de la ruta, Gondwana Outpost, una granja en medio de la nada, que alcanzamos tras renquear por un tramo de pista especialmente duro y montuno en el que nuestro conductor tuvo que esforzarse. 

 

 

La granja tenía algo de vegetación en un entorno principalmente desértico y contaba con caballos, pero poco más alrededor, salvo una cosa, claro: el Fish River Canyon, que por eso estábamos allí.


Entre otras peculiaridades, carecía de suministro eléctrico y se apañaban con un generador para disponer de energía eléctrica durante unas horas, y un pozo para el agua. 


En la terraza-salón del complejo dejamos  las mochilas y recorrimos las instalaciones, que ni mucho menos eran al uso.



Algunos detalles verdes sin duda trabajosamente conseguidos nos aislaban de un majestuoso desierto.



Dentro, habitaciones comunales tipo albergue en las que utilizamos los sacos de dormir nos esperaban. Fuimos repartiéndonos antes de comer para irnos de excursión.


Era preciso salir pronto para llegar al cañón con tiempo para bajar al fondo paseando y regresar a la cima para ver la puesta del sol.


Nos desplazamos en dos todoterreno ocupando la parte trasera al gusto de cada cual durante unos 40 minutos.


Al principio casi todos sentados y al poco con la mayoría en pie para disfrutar mejor del paisaje y sortear los meneos del vehículo.


Y así llegamos al Fish River Canyon, el segundo  más largo del mundo con 160 kilómetros, pero lejos de los 440 del Gran Cañón del Colorado.


Resulta increíble imaginar como a lo largo de los años el río del fondo, minúsculo, casi inexistente en esta época, ha podido realizar semejante excavación. En ese momento el río no era tal, más bien charcas aisladas, pero con las lluvias de enero, explicó Paulo, el fondo se llena y el río revive .


Aparcamos los vehículos y desde la parte superior disfrutamos de la vista en plena soledad: nosotros, el tremendo cortado y nada más a la vista.



Y simulamos volar al estilo de lo que habíamos hecho el año anterior en el Gran Cañón del Colorado. Urge enterarse de cual es el tercero del mundo.

Seguro que en el 2016 nos apuntamos para seguir la programación.


Realizamos el decenso por una senda cómoda, pero obviamente en pendiente.


La visión era tremebunda por sus dimensiones e impactante por la ausencia de vida, casi lunar. 

 Nada verde salvo matorrales más bien secos. 

Es difícil imaginar la vida en un ambiente tan inhóspito. Después nos enteraríamos de que la granja, nuestro alojamiento, está prácticamente aislada y que tienen que hacer bastantes kilómetros para aprovisionarse. Por eso no nos extrañó que a la vuelta, el personal estuviera embelesado con una fotonovela de Bolywood.....un lugar duro para vivir, sin duda.


En el fondo del cañón nos encontramos con unas llamativas rocas azul metálico con curiosos dibujos que parecía escritura grabada, pero no por todas su caras ya que algunos de sus laterales mostraban tonos marrones. 

Hubo quien decidió llevarse alguna muestra como si estuvieran en la luna, un capricho que implicó ir cargando con las piedras todo el viaje.


De vuelta a la parte de arriba, comprobamos que justo en un vértice había un pequeño campamento.

 

Y aguardamos la puesta de sol...que llegó con rapidez.



Tras ella, los jeeps volvieron a ponerse en marcha  a fin de disponer del resto de luz para no regresar con noche cerrada. La carretera no lo aconsejaba.


Una vez en la granja resolvimos las cuestiones de intendencia, el aseo entre ellas. En la imagen inferior, Ana y Fely se preparan para la primera ducha de su vida alumbradas por una linterna frontal. Toda una experiencia que no les disgustó.


Y, finalmente, la cena en la terraza con la parafernalia a la que nos acostumbraron Lucky y Thembi, siempre con una cuidada presentación y velas. El menú consistió en carne guisada con zsazsa (harina blanca de maíz) de guarnición tras una sopa también de maíz.


De postre, degustación de amarula (una costumbre que se alargaría todo el viaje gracias a las reservas de Paulo) y hasta una sesión de canciones de la tierra por parte de un grupo de animosos noctámbulos en medio de la estepa namibia. Una rato para recordar que no debió salir del todo mal ya que no se quejaron los que ya estaban en cama.